'Shame', el tamaño del sexo como obsesión

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Desnudos que cambiaron el cine (VI)

Actualizado Sábado, 13 agosto 2022 – 00:50

Steve McQueen retrata la desnuda condición del ser digital a la vez que Michael Fassbender convierte su pene en ancla del mundo

Michael Fassbender en ‘Shame’.

Mantiene Byung Chul-Hang en La agonía del Eros que hemos llegado a un punto en el que «la vivencia no tiene acceso a lo distinto». Le faltaría, precisamente, el Eros que la transforma. En su ideario, que también es una radiografía deslumbrante y poderosamente intuitiva de lo que nos rodea, la inmediatez del presente ha acabado por laminar cualquier otro tiempo verbal. Y todo ello ha derivado en lo que el pensador no duda en calificar como «infierno de lo igual». El narcisismo en su acepción más básica, en esta constante apología del selfie, anula el erotismo y convierte al otro en mercancía. La experiencia erótica, como reconocimiento de la alteridad y de la diferencia, acaba por ser completamente imposible. Somos un simple espejo de nosotros mismos sentados delante de una pantalla que nos refleja y nos humilla. Y concluye: «Lo obsceno en el porno no consiste en un exceso de sexo, sino en que allí no hay sexo». La sociedad digital, lejos de los discursos moralizantes al uso, lo que ha conseguido es «la profanación del erotismo». ¿Estamos o no estamos en una shitstorm (tormenta de mierda)? La expresión es de Han, por cierto.

Shame explotó en la pantalla en el festival de Venecia de 2011 como una revelación. Y eso fue así tanto por su carácter de espejo perfecto de buena parte de las angustias que nos consumen como por un detalle quizá irrelevante, pero no pequeño. El chiste fácil, al que nunca hay que renunciar, convirtió a su protagonista Michael Fassbender para siempre en Michael Rassbender. Su desnudo frontal con la cámara mirando a los ojos de su pene no rompía ningún tabú (no era el primero), pero sí lo sobredimensionaba. Charlize Theron, que trabajó con él en Prometheus, se mostró abiertamente fascinada y se confesó dispuesta a trabajar con él (con el falo, que no con el actor al completo) en cualquier momento. George Clooney, simpático él, no puedo por menos que exhibir en la red una muy psicoanalizable envidia por el pene ajeno («No le hacen falta los palos para jugar al golf», dijo). Y así. Por supuesto, todo esto es anécdota, pero también síntoma.

Steve McQueen, su director, confesaba que el nombre de su protagonista, Brandon, estaba directamente inspirado en el Marlon Brando de El último tango en París. Con la película de Bertolucci, Shame comparte su hambre de radiografía perfecta del ocaso de lo que se podría llamar la condición masculina. Pero un paso más allá, ahora la soledad nos incumbe a todos y de todos (de unos más que otros, en verdad) es la responsabilidad del fracaso de una sociedad que trabaja como una máquina de búsqueda y consumo (pensemos en Tinder y asociados) en la que la autoexplotación se ha convertido en el patrón oro. La seducción, como curiosidad por lo ajeno que nos completa, ha desaparecido a un ritmo sometido a la aceleración y a la esclavitud del instante y del shock.

Una escena de ‘Shame’.

Dice el director que el concepto de vergüenza ha cambiado en muy poco tiempo, que antes las revistas para adultos se encontraban escondidas en lo más recóndito de los quioscos y que ahora basta Google para que todo quede a la vista. Mantiene el director que si su anterior película, Hunger, contaba la historia de un hombre, Bobby Sands (el miembro del IRA que falleció de una huelga de hambre en prisión), que está en prisión y su única arma de liberación es la mortificación del cuerpo, la de Brandon es la narración contraria: la de un hombre que en una situación de libertad máxima en la ciudad más libre del mundo se encarcela en su cuerpo. «El sexo para él es su propia prisión», confiesa.

Fassbender da vida a un oficinista que reparte su tiempo entre visitar todas las páginas de sexo que ofrece internet (que son muchas) y acudir a todas las citas que le sirve la ciudad más activa del universo (que pueden ser aún más). Y en ello, se vacía. Y así hasta que un buen día recibe la visita de su hermana, a la que da vida de forma no menos magistral Carey Mulligan. En ese momento, todo se convierte en vergüenza (Shame). La cámara penetra en los cuerpos con un rigor y una precisión pocas veces contemplada. La idea no es otra que taladrar la carne hasta alcanzar lo otro. Y esto no es nada más que la fría sensación de abandono. La estrategia del director consiste en acosar al espectador, enfrentarle al propio límite de su pudor y, así, desnudarle ante la cámara. Creemos ver cuerpos desnudos copulando, creemos ver un pene descomunal y, en realidad, lo desnudado, lo inmenso, es precisamente la más cruda sensación de desnudez, de soledad.

Mientras el esquema de poder dibujado por Foucault hace apenas unas décadas analógicas se basaba en la vigilancia, en el control panóptico y en el castigo; en el estadio actual dibujado por McQueen y por el filósofo Han, la psico-política ha logrado que la observancia sea interior. Somos nosotros los que nos explotamos y nos controlamos a nosotros mismos. Pero, y esto es lo relevante y tétrico, lo hacemos convencidos, merced a la transparencia de lo digital, de que somos libres. Un giro de guión, sin duda, perverso.

Dice el director que no estaba interesado en hacer una película pornográfica. «La idea era trascender el propio sexo. Esa es la idea de cualquier artista independientemente de lo que hable. Se trata de fabricar un drama sin que el sexo, parte fundamental de la historia, distraiga hacia precisamente sí mismo. Ése era el reto: utilizar el sexo como medio no como fin. Especial cuidado había que tener en las escenas de amor. Distingamos entre las escenas de amor y las de sexo. Unas y otras se filmaron de forma diferente porque hacer el amor es muy distinto a follar», dice McQueen. Y le creemos.

Acaba Shame y queda la constancia de una pérdida. Tras follar, el protagonista se levanta de la cama y camina en círculo. La cámara detenida, libre de vergüenza y feliz, en la certeza de un pene que, por primera vez quizá, es detalle y síntoma. Un gran detalle y un profundo síntoma. «Lo obsceno en el porno no consiste en un exceso de sexo, sino en que allí no hay sexo».

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