Rabindranath Tagore, erótica de la percepción

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Consideremos la flor. Para el poeta es objeto de inspiración, para el botánico, un eslabón más en el entramado vegetal. Tanto la abeja como el poeta sienten su magnetismo. Pero mientras la primera responde a las exigencias de la necesidad, el segundo lo hace a las de la contemplación. El botánico nos dirá que, por delicada que sea la flor, está destinada a un duro servicio. Su forma y su color forman parte del trabajo. “Habrá de dar su fruto; de otro modo, la continuidad de la vida de la planta quedará interrumpida y la tierra se transformará en desierto”. Desde la perspectiva científica (tanto botánica, como física o química), la necesidad parece ser el único factor de la naturaleza. El capullo se transforma en flor, la flor en fruto, el fruto en semilla, la semilla en una nueva planta. Un proceso que asegura la corriente de la vida, la marcha y la continuidad ininterrumpida de eso que llamamos naturaleza. La gran fábrica de la naturaleza trabaja sin descanso. Si surge algún obstáculo, si por alguna razón la flor no cumple su misión, la vida futura quedará comprometida. “La linda flor, ataviada y perfumada, no es sino un artesano laborioso que se afana, con agua y sol, por rendir cuenta cierta de sus labores, sin tiempo para solazarse en alegres esparcimientos.”

Pero, cuando esa misma flor, cae bajo la mirada del poeta, o del pintor, o del paseante, o del filósofo contemplativo, pierde momentáneamente su industriosa ocupación y queda detenida en la eternidad del instante. Entonces se vislumbra la gravedad inversa, el magnetismo del deseo y la percepción. Un descubrimiento esencial y sereno, que ironiza tanto el deseo como la necesidad. Pues la serenidad, como apunta Ortega, es el atributo esencial de lo humano. Cuando se pierde, decimos que la persona está “fuera de sí” y rebrota en ella el animal, esclavo de su contorno. “Liberarse de ese servilismo, dejar de ser un autómata que el contorno moviliza mecánicamente, ensimismarse, es el privilegio y el honor de nuestra especie.” Lo otro, estar fuera de sí, produce mal humor. Y el mal humor es estéril (al menos fenomenológicamente).

Hoy tendemos a considerar la flor, y la naturaleza en general, como ese reino de pura necesidad, cruel, despiadado, que sigue la “lógica del pez” (matsya-nyāya), donde el grande se come al chico. Una maquinaria fría e indiferente, que nada sabe y nada quiere saber del cálido corazón del poeta. Pero esa visión es una visión sesgada, reducida, cateta. La belleza de la flor es su prerrogativa para hacer libres a quienes la contemplan. Suspende el impulso implacable de lo natural, lo deja en vilo, toma distancias. De ahí que Novalis dijera que el hombre es el único animal que vive al mismo tiempo dentro y fuera de la naturaleza. Pues, aunque siente ese mismo impulso natural, es capaz de suspenderlo (de ponerlo entre paréntesis), cuando pasea, pinta o compone. Donde hay gravedad hay también gravedad inversa, levitación. La flor no sólo se debe a la naturaleza, rinde también su tributo a la contemplación. Es, por utilizar un símil de Tagore, la mensajera del rey. “Aquí estoy. Él me envía. Te llevo hacia Él.” Ese es el fundamento de la poética del bengalí. “En la Naturaleza, lo que para la abeja no es más que color, perfume, manchas que indican el camino de la miel, para el corazón humano es belleza y alegría libre de necesidad”. La naturaleza (prakṛti), es necesidad (no podría ser de otro modo), pero también un dedo señalando hacia ese lugar que es un no lugar, la conciencia atenta (puruṣa). La realidad no sólo es el “mecanismo” de la naturaleza, también es deseo atento, emoción contemplada. De un lado, la necesidad, la ley ineludible de las causas y los efectos. Del otro, eso que pone el mecanismo en suspenso, que hace, como por arte de magia, levitar su inmenso aparato de reproducción. En términos de Schopenhauer, la danza que mantienen la voluntad y la representación constituye eso que llamamos realidad. De ahí que lo real ofrezca dos aspectos en apariencia antitéticos. De un lado la esclavitud (necesidad), del otro la libertad. En cada forma, en cada color y sonido, están presentes esas dos notas contrapuestas, la utilidad y el placer, el tiempo y la eternidad, el ruido y la serenidad.

Una vida privilegiada y viajera

El joven Tagore es alto, recio, de voz timbrada y mirada cálida. Bajo su sonrisa angélica, largas barbas con hebras de plata. Sobre sus ojos, cejas impenetrables. Hay algo femenino e infantil en su porte. Lleva el pelo largo y se permite un ultrapoético refinamiento en las maneras. Su poética rinde adoración al niño que fuimos. Quien lea sus Recuerdos advertirá esa sensibilidad de quien ha crecido protegido en una típica “familia extendida” india, bajo la figura de un padre ausente (rico y sabio) y unos hermanos con vocación artística. Zenobia y Juan Ramón le han dado voz castellana y esa voz se ha cruzado en dos momentos cruciales de mi vida que no me resisto a mencionar. El primero, antes de nacer. Mi padre fue por primera vez a casa de mi madre, a la que sólo conocía de oídas, con un libro de Tagore como obsequio. La poesía abre puertas. La segunda, hacia el final de mi infancia. En los veranos, junto al río de Albarracín, mi madre me leía los cuentos del bengalí, de los que sólo recuerdo El cartero del rey. A veces pienso que mi vida, marcada por la experiencia de la India, debe mucho a esos dos momentos. Subhro Bandopadhyay, amigo y poeta bengalí, me dice que Tagore es a su lengua lo que Shakespeare al inglés. Y añade: “Muchas veces me desubica cuando, en mi ateísmo, no encuentro esa eternidad de la que habla… En todo caso, su poesía, en estos momentos violentos, abre un mundo de paz más necesario que nunca”.

La infancia de Tagore es una hacienda de largas galerías, una alberca, un limonero y dos ciruelos. En medio del jardín, un pavimento agrietado por hierbas, abrojos y alguna flor audaz. Al fondo, un cobertizo entre cocoteros. Su madre ha muerto siendo él muy pequeño y los niños viven bajo el dominio de los criados, que para ahorrase trabajo los confinan. No pueden entrar en todas las habitaciones ni salir de casa. Tampoco hay lujo. Llevan taparrabos y van siempre descalzos. El pequeño Rabi se cuela en el despacho de su padre ausente y se echa la siesta en su sofá. Corre por las galerías, se baña a destiempo en la alberca. La alegría de la libertad y el temor a ser descubierto le parecen entrelazadas. Algunas noches, a la luz de una lámpara de aceite, escucha del pandit cuentos del Ramayana. Los criados se acercan a la lumbre, los murciélagos rondan la galería. Otras, su primo recita soliloquios del Hamlet. Todo invita a componer versos. Vencida la timidez inicial, se hace con un cuaderno y lo llena de poemas. Le fascina la rima, que prolonga el verso en el pensamiento, donde resuena como un eco.

La situación privilegiada de la familia le permite evitar la enseñanza reglada. Se educa con preceptores privados, con los que aprende dibujo, geografía, historia, literatura, matemáticas, sánscrito e inglés. Posteriormente dirá que la genuina enseñanza no debería impartir materias, sino despertar la curiosidad. “El mecanismo educativo es poderoso e implacable, cuando a él se acopla la muela de piedra de las formas religiosas, el corazón joven queda aplastado y seco”. Y añade: “la libertad creativa primero quebranta la ley, luego hace sus propias leyes y se las impone”.

Uno de sus hermanos lo entrena físicamente, nadan en el río, recorren las colinas y practican lucha libre. Una epidemia de dengue en Calcuta lo lleva a refugiarse en la villa ribereña de Chhatu Babu. Allí se inicia su amistad con la madre Naturaleza. Pasa las tardes contemplando el río fugitivo y un macizo de guayabos, y las noches, desde la azotea, escucha el rumor del río bajo el claro de luna. Desarrolla, sin saberlo, una fenomenología: la inmortalidad no está en el néctar, sino en quien lo saborea, por eso no lo encuentran quienes lo buscan”. No se separa de su cuaderno azul. Un preceptor persa celebra sus versos. El joven advierte la magia de la poesía. “Poner en claro el sentido de las palabras no es la función más importante del entendimiento”. El hecho de no comprender todo es un aspecto esencial de la lectura. Esto vale tanto para el niño como para el adulto. Lo incomprendido se incorpora al bagaje de cada cual. Y se atreve a descifrar el gran enigma de la ilusión cósmica (māyā). “El ojo no te ve a Ti, que eres la pupila de cada ojo”.

De Kishori, un criado de su padre que ha pertenecido a un coro de recitadores, aprende numerosos poemas tradicionales, que recita en las reuniones que se celebran en la casa familiar. Otro amigo, Akshay Chowdury, le enseña canciones anónimas bengalíes. “De las muchas flores reunidas a los pies de Sarasvati, la flor de la amistad es su favorita”. Su hermano Jyotirindra es de gran ayuda para su educación literaria. Se pasa los días al piano, absorto en sus composiciones. Juntos ajustan las palabras a medida que van surgiendo las melodías. Es un gran entusiasta y le gusta despertar el entusiasmo en otros. Lo mismo puede decirse del resto de la familia. Todos escriben, cantan y representan. Uno de sus hermanos fue filósofo y poeta, otro músico y dramaturgo, un tercero estadista, su hermana fue novelista. Financian revistas literarias y acogen en sus salones recitales de música y obras de teatro, contribuyendo al renacimiento cultural bengalí. No todo son alegrías. La esposa de Jyotirindra, amiga cercana y poderosa influencia para el joven poeta, se suicida en 1884. Quedará conmocionado durante años.

Tras la imposición del cordón ritual, que marca el final de la infancia, realiza un largo viaje con su padre. Recorren la llanura gangética y las estribaciones del Himalaya. Sigue formándose en poesía, astronomía, ciencia y sánscrito. En Amristar queda cautivado por los melodiosos bardos que cantan en el Templo dorado. “Cuando se levanta el sol, mi padre, después de sus oraciones, desayunaba. Luego, conmigo, cantábamos de pie alguna estrofa de las upaniṣad”. Debendranath conoce la mayéutica socrática. “Sabe que la verdad puede reencontrarse si uno se separa de ella, pero cuando se acepta forzosamente desde fuera, cierra el camino de entrada”. No obstante, el padre quiere que Rabi sea abogado. En 1878, lo matricula en una escuela pública en Brighton. Estudia derecho en el University College de Londres, pero al poco tiempo abandona y se dedica a leer a Shakespeare y a escuchar canciones irlandesas. Dos años después regresa a Bengala sin título y con el propósito de reconciliar la poesía europea con la bengalí. En cierto sentido lo logra, se convierte en el gran renovador de la literatura y la música bengalí y en el primer no europeo (y primer letrista) en ganar el Premio Nobel de Literatura (1913).

Benarés es la prueba de que el Ganges es un río con escalera, como dejó escrito Rabindranath Tagore.ÁLVARO LEYVA

Publica regularmente poemas, cuentos y novelas. Duerme al aire libre, en la galería del tercer piso. “Allí las estrellas y yo podíamos mirarnos”. Poco después, con 22 años, le arreglan el matrimonio con Mrinalini Devi, una niña de nueve años (práctica habitual en su tiempo). Dará luz a su primera hija con doce años. Su mujer no queda al margen de la vida cultural de la familia. Mrinalini aprende inglés y sánscrito. Posteriormente será traductora y participará en las funciones teatrales que tienen lugar en la hacienda familiar. Tendrán cinco hijos, dos de los cuales mueren en la infancia. En 1890, Rabindranath comienza a administrar sus propiedades en Bangladesh; donde se le unen esposa e hijos en 1898. Recorre el río Padma al mando de la lujosa barcaza familiar. Como Tolstoi, recauda rentas simbólicas y recoge canciones campesinas. Publica sus hallazgos en la revista familiar Sadhana, historias, canciones y cuentos populares de una Bengala rural idealizada.

Poco después se instala en Santiniketan, donde funda un ashram y una escuela experimental rodeada de arboledas. Allí fallecen su esposa y dos de sus hijos. Su padre muere en 1905. Recibe pagos mensuales como parte de su herencia e ingresos del maharajá de Tripura. Vende las joyas familiares y un bungalow en la costa para financiar la nueva escuela. Recibe del rey Jorge el título de caballero, al que renunciará tras la masacre de Jallianwala Bagh (1919). Trata, como Tolstoi, de “liberar a las aldeas de los grilletes de la impotencia y la ignorancia”, se manifiesta contra la ignominia de los intocables y funda un instituto para la reconstrucción de la india rural.

Sus obras son traducidas en Inglaterra. Llaman la atención del misionero y protegido de Gandhi, Charles F. Andrews, de William Butler Yeats y de Ezra Pound. Sus cuadros se exhiben en París y Londres. Conoce a Henri Bergson, Albert Einstein, Thomas Mann, George Bernard Shaw, H. G. Wells y Romain Rolland. En los años veinte inicia un delirio viajero: Estados Unidos, Japón, México, Perú, Italia (donde cae seducido por Il Duce). En 1927, Bali, Java, Kuala Lumpur, Malaca, Siam y Singapur. En 1930, Dinamarca, Suiza y Alemania y la Unión Soviética. Persia e Irak en 1932 y un año después Sri Lanka. Viajar estimula la atención, por eso la gente viaja. El sabio que sabe atender a lo cotidiano no necesita viajar. Puede vivir como extranjero en su tierra. Vivimos ahorrando el gasto de la atención. “Sólo cuando se contempla algo raro, el entendimiento deja de ser tacaño.” Es la gran ventaja de la “primera vez”. Un eco del origen.

La revelación de Sudder Street

Hay rayos de luz encerrados en el corazón, oscurecidos por deseos ciegos e inercias inconscientes. A veces ocurre, sin que uno sepa por qué, que uno de esos rayos escapa de su confinamiento. Entonces, se derrama por todas partes y el mundo aparece con una luminosidad inédita. Todo encaja, ninguna persona o cosa parece trivial o desagradable. Incluso en el sueño (supremo refugio de los mortales), la danza continúa. “En el cuerpo dormido late el corazón y circula la sangre, con la cadencia de las estrellas del firmamento”.

La gracia no siempre desciende en la inmensidad de los bosques o las cordilleras. En su caso, lo hace en un callejón de Calcuta. Vivía entonces en casa de su hermano Jyotirindra. Una mañana, contemplando desde la galería los árboles de la escuela de enfrente, “un velo cayó de mis ojos y encontré el mundo bañado en una maravillosa irradiación”. Siente que se ha liberado de algún tejido sobrepuesto. No se trata de una enajenación momentánea. Durante bastante tiempo permanece en ese estado de beatitud. Poco después, emprende un viaje a Darjeeling con su hermano. Junto a las cumbres del Himalaya espera ver, con mayor intensidad, lo que le ha sido revelado en Sudder Street. Nada de esto ocurre. Advierte que ha perdido esa gracia fugaz y su mirada vuelve a ser lo que era. De nuevo el hambre, la falta la armonía entre el interior y el exterior. De nuevo las palabras espesas, la emoción confusa. Es entonces cuando escribe La venganza de la naturaleza. La historia de un renunciante que se había retirado a una cueva, cortando con todos los deseos y todos los afectos para llegar al conocimiento del ātman. Una niña le desvía de su objetivo y le trae de vuelta al mundo. Al regresar a la aldea advierte que lo grande se encuentra en lo pequeño, lo infinito en la forma limitada y la eterna libertad en el amor humano. Sólo a la luz de amor los límites se funden en lo ilimitado. Un tema recurrente en su obra. El presente eterno (nityo´nityanam) no está lejos ni en ninguna parte. La otra ribera es esta. “Mis afanes son tuyos”.

Orientaciones

La lectura que hace Tagore de la tradición india es sencilla. Occidente se enseñorea en el dominio de la naturaleza. La India en su devoción a ella, en la vida simple y las ermitas silvestres. Los bosques son los santuarios, no las ciudades amuralladas. Una afirmación históricamente discutible, pero que tiene su parte de verdad. Su obra orbita en torno a esta idea. La experiencia de la realidad se sitúa dentro del marco del espíritu de la simpatía, “con un vasto sentimiento de gozo y de paz, y no bajo el impulso único de la curiosidad científica y el provecho material”. El alma se emancipa cuando es capaz de establecer un parentesco con el Todo. Debe acogerlo todo y ver, en cada cosa, el espíritu eterno. Esa libertad y ese cumplimiento se realiza mediante el amor, “que es otro nombre para la perfecta comprensión”. Lo confirma la upaniṣad Śvetaśvatara (2.17): “Me postro ante el ātman que está en el fuego y en el agua, que impregna el mundo entero, en las cosechas y en los árboles”. De ahí el sentimiento hindú de devoción y profunda adoración al mundo natural.

A esa filosofía Tagore añade una estética. “El arte hace visible lo invisible”. La afirmación de Paul Klee podría ser suya. Descubrir la verdad es puro goce y supone una liberación. No valen las demostraciones. La mirada empática no analiza, no rompe los objetos en pedazos. El ātman es fundamento de todas las formas de amor y una forma de despertar del sueño del ego. El amor es el primer paso y el último paso. “No se ama al hijo por sentirse atraído por él, se ama al hijo por amor al ātman” (BU, 2. 4. 5.).

Nosotros, los fugaces

“Si Dios fuera absolutamente libre, no habría creación. El Ser infinito ha asumido en sí el misterio de la limitación”. Y lo ha hecho a través de las criaturas. Ese es el punto crucial de la metafísica de Tagore. Lo divino está ligado al ser y esa es la mayor gloria del ser. Una cosmografía que plantea el problema del mal. “Preguntar por el mal es como preguntar por qué existe el mundo”, nos dice el poeta. Toda creación es forzosamente imperfecta. No puede ser de otro modo. Pero la imperfección que vemos no es la última palabra, detenerse en ella es pasar por alto las vicisitudes que acarrea toda creación. El río tiene sus márgenes, pero ¿son esos límites lo último que hay que decir sobre el río? La gran corriente del mundo, el samsara, tiene también sus límites, pero sin ellos no podría existir. Lo extraño no es que existan obstáculos y sufrimientos, lo extraño es que existan leyes, orden y belleza. “Todas nuestras estadísticas no son sino tentativas para representarnos, estático, lo que está en movimiento, y mediante esa operación las cosas adquieren en nuestro espíritu un peso del que en realidad carecen”.

El egoísmo es un comienzo. Pero nuestra individualidad tiende a buscar lo universal. Los ojos abiertos no pueden verse a sí mismos. Cuanto más vigorosa es la personalidad, más tiende hacia lo universal, no puede contentarse con los mundos creados por su propia fantasía. Necesita mundos ajenos, desafíos, contradicciones. Meditación soleada. Erótica de la percepción. La biología moderna ilustra la lucha por la vida en el marco de la competencia, evocando un cuadro de garras afiladas y sangrientas. Pero esa lucha tiene su contrapeso en el amor y el compañerismo. “El ritmo jamás es producto de los azares de la lucha. Su principio fundamental es la unidad, no el antagonismo”. La vida genuina no toma la muerte en serio. Ríe, danza y juega. “En rigor, el ser humano no puede creer en el mal, del mismo modo que no puede creer en que las cuerdas del violín se han inventado para crear la exquisita tortura de las notas discordantes”. Tagore multiplica los ejemplos. Una banda de ladrones, para poder trabajar, necesita una moral. Puede despojar a todo el mundo, pero sus miembros no deben despojarse entre sí. El mal no es tan peligroso como los intentos tiránicos de crear la bondad. “De la policía moral o política tengo un sano horror. La esclavitud que acarrea es el peor cáncer de la humanidad”.

El sueño del ego

Hacer el mal, en la India, significa faltar al dharma, traicionar la propia naturaleza. Es como si un elefante se empeñara en comer carne. O como si el grano se empeñara en quedar encerrado en la vaina y no convertirse en árbol, negándose a consumar su naturaleza. Error de cálculo. El ego sólo fructifica si se transforma. La libertad del grano radica en su telos, en convertirse en árbol y crecer hacia la luz. Tagore se aproxima a algunas de las concepciones cristianas sobre el sufrimiento. “La libertad no radica en que se eviten las dificultades, sino en sobreponerse a ellas, en transformarlas en un elemento de alegría”. El dolor constituye una riqueza para los seres imperfectos que somos. Merced a esa riqueza nos engrandecemos. El dolor es el peaje para todo lo que merece la pena en la vida. La persona incapaz de asumir con deportividad el dolor se convierte en un inválido. También se acerca el budismo. A primera vista puede parecer que la libertad es aquello que proporciona ocasiones sin límite de éxito y placer. Pero la naturaleza superior de la persona siempre busca algo que la supere y que, al mismo tiempo, sea su verdad más profunda, Esa superación puede llamarse desprendimiento. Desprendimiento y superación del yo. Esa es la esencia de la enseñanza budista.

El alma no puede vivir de su propia imaginación y sensibilidad. “Si viviéramos en un mundo de egos viviríamos en la peor de las prisiones”. Afortunadamente no es así. El ego necesita objetos externos, olvidarse de sí mismo. Nutrir la conciencia interior con la exterior, aplicarse al dar y recibir. Somos miserables cuando somos criaturas del ego. El ego es discordante. No refleja luz. Y, sin embargo, hay muchos egos en el mundo. Ese es el gran acertijo. “Por uno de los polos de mi existencia soy como los guijarros y las ramas de los árboles. Debo someterme a la ley universal. Por el otro, soy distinto del resto de las cosas y estoy solo como individuo. Absolutamente único e incomparable. Toda la masa del universo no podría aplastar esa individualidad”. Doble filo del yo. Si fuera aniquilado, moriría con ello el goce creador que se cristaliza en la multiplicidad. Y esa pérdida no sería únicamente del yo, sería una pérdida del mundo entero. La individualidad es particularmente preciosa, pero también puede ser una cárcel. ¿Cómo entender ese dilema? “Lo universal busca siempre su consumación en lo individual. Y nuestro deseo de conservar intacta la condición de “únicos” es, en realidad, un designio del universo que opera en nosotros”. De ahí las penalidades que la persona asume y los pecados en los que incurre para conservar ese yo, que es su más preciosa posesión. Pero las upaniṣad nos hablan de la liberación del yo, no de su conservación o salvación. ¿En qué quedamos?

Varios estudiantes rodean a Rabindranath Tagore en su universidad de Santiniketan, en 1929. unknown (Getty Images)

La respuesta es compleja y merece que nos detengamos en ella. “La persona nunca expresa literalmente sus ideas, salvo cuando se trata de cuestiones banales. Las palabras son como los gestos del mudo. Indican torpemente nuestros pensamientos, no pueden expresarlos. De ahí que las palabras de los sabios hayan sido sometidas a incontables interpretaciones e interminables discusiones. Y aquellos a los que aflige el espíritu de lo literal son unos desgraciados, que no se ocupan más que de las redes, sin pensar nunca en el pez”. Esto último vale tanto para las ciencias como para la literatura sagrada o cualquier otra reificación del lenguaje. En los lenguajes que ignoramos, las palabras adquieren una importancia tiránica, en los que conocemos a fondo, podemos reírnos tranquilamente de ellas. Cuando alcanzamos la perfección del conocimiento, cada palabra ocupa su lugar y, en lugar de encadenarnos, nos emancipan de ellas mismas.

La ignorancia (y el lenguaje) nos hace creer que el yo es real. Pero su naturaleza misma lo inclina a desaparecer. El ego no tiene opción de perpetuarse, de conservarse a sí mismo. Puede, a lo sumo, prevaler un tiempo en una vida, en una estatua, en el nombre de una calle o una ciudad, en las páginas de una enciclopedia. Pero, a nivel cósmico, todas esas prórrogas son insignificantes.

El gozo del artista hace que se desprenda de sí mismo mediante la obra. Una vez concluida, ya no le pertenece. Se trata de una separación provocada no por la repulsión, sino por el amor. “El significado del yo no podrá descubrirse mediante su aislamiento de la naturaleza sino en la realización continua de su comunión con ella. Esa unión es el significado de la palabra yoga. “No se encuentra en el revés del cuadro sino en el instante en el que se pinta el lienzo”. Para vivir, el yo ha de someterse a un continuo cambio de forma, a una incesante transformación. No hacemos, en realidad, sino buscar la muerte. Pero esa transformación no es definitiva, sino un rito de pasaje más, un umbral hacia otras formas de existencia. El yo es peregrino como el cometa y ha de pasar por renovaciones (aclaraciones) sin fin. La sorpresa de esas variaciones sin fin anima su marcha. Siempre viejo y siempre nuevo, debe aprender a renacer a cada instante. “La vida es juventud inmortal”, sentencia el poeta. Odia todo aquello que anquilosa sus movimientos. La personalidad sería una maldición si no pudiéramos renunciar a ella.

Este es, a grandes rasgos, el poema cósmico del poeta bengalí. Su originalidad no radica en sus ideas, tan antiguas como los vedas o las upaniṣad, sino en la alegría y belleza, un tanto ingenua, que desprenden. No hay comprensión posible sin amor. Comprendemos porque amamos. Siguiendo la tradición de la devoción visnuista, Tagore hace del amor la significación última. El alma individual quedó separada del alma suprema, no por antagonismo, sino para hacer posible el juego del amor. Sin amor no sería posible respirar. La flor es el mensajero del gran amante. “Del gozo nacieron las criaturas, por el gozo viven y al gozo se encaminan”, dice la upaniṣad de los discípulos de la sabia perdiz.

Santiniketan

En los alrededores de Bolpur, en una zona frecuentada por bandidos, solía retirarse el Devendranath, padre del poeta. Le gustaba especialmente meditar bajo tres árboles chhatim, los únicos del paraje. Volvía con frecuencia al lugar a instalar su tienda y pasar unos días de meditación. Con el tiempo arrendó veinte acres de tierra y construyó una casa de huéspedes, a la que llamó Morada de paz (Santi-niketan). Tuvo que negociar con la banda de ladrones que controlaban el área y logró su ayuda. Rabindranath visitó el lugar por primera vez con 17 años. Posteriormente se instaló allí y fundó una escuela.

El modelo educativo releja las inclinaciones del poeta. Se propicia un continuo contacto con la naturaleza. Las clases se celebran al aire libre las clases, en las galerías o bajo los árboles. Los estudiantes son de todas las castas y, al ingresar, tiene libertad de observar las prescripciones de casta. La matrícula es la misma para todos y hay becas para los más pobres. De joven, Rabindranath confesaba su indiferencia hacia los oficios religiosos que se celebraban en su casa. Nos los sentía como propios. El templo de Santiniketan no tiene imagen ni altar, por decisión de Debendranath. En la escuela no impera ningún credo particular y se venera al “invisible dios único”. Antes del amanecer y poco antes del crepúsculo se reserva un tiempo para la meditación. Se despierta a los estudiantes con alguna de las canciones del poeta. Sentados bajo los árboles, recitan las estrofas en sánscrito de las upaniṣad. Después empiezan las clases. Se enseña en bengalí y en inglés. El estudio de la naturaleza es parte esencial de las actividades. En las noches claras se imparten lecciones de astronomía. No existe ninguna enseñanza dogmática definida. El ideal es que el instinto de los muchachos vaya marcando el camino. Se confía en la influencia personal de los maestros. Los estudiantes crecen junto a éstos, unidos a ellos mediante un parentesco espiritual, sin credos ni abstracciones especulativas. Se cultiva el amor a la naturaleza y la simpatía por todos los seres vivos. La música y el teatro son frecuentes y las canciones acompañan todas las actividades. Con el tiempo, la escuela se ha convertido en la universidad Visva Bharati, una de las más prestigiosas del país, con su enseñanza reglada.

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