Por qué nunca estás lo suficientemente delgada (o lo contrario) y por qué todo el mundo tiene que opinar sobre ello

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No sé en la tuya, pero en mi casa siempre se ha rendido culto a la delgadez. Nos viene de mi madre, para la que estar delgada siempre ha sido una cruzada, con su correspondiente cuota de batallas perdidas y su consiguiente carga de frustración. Y claro, nosotras, sus tres hijas, inevitablemente hemos ‘mamado’ la onda expansiva de toda esa explosión aspiracional. El estado perfecto, hemos creído siempre (y gestionado cada una a su manera), es estar flaca. Y ello, pese a haber vivido muy de cerca a un abuelo anoréxico, que murió con ochenta y tantos años pesando poco más de 25 kilos. Pero ni la visión de esa perturbadora delgadez extrema, que nos acompañó durante toda la infancia y buena parte de la juventud, hizo mella en nuestro ideal; la perfección (la nuestra, al menos) estaba en la delgadez, punto pelota.

La culpa no fue de Kate Moss

Las sociedades tienen una mala memoria que alucinas, así que desde hace unos años el discurso dominante sitúa a Calvin Klein y sus campañas de publicidad con una delgadísima Kate Moss por protagonista, allá por los años 90, como ‘culpable’ de la instauración en Occidente de un modelo de mujer en los aledaños de la anorexia. Quienes defienden esta idea son muy optimistas (la publicidad sigue a la sociedad, no al revés) y por otra parte, eso está claro, no conocieron a mi abuelo Papico. Ni tampoco habían visto fotos de moda de los años 60, con la modelo Twiggy en su momento de mayor gloria y menor peso (40 kilos para 1,68 m de estatura).

Twiggy en 1966. Encarnaba el ideal femenino del momento.GETTY IMAGES

Y por supuesto… tampoco habían leído el interesantísimo libro de Georges Vigarello ‘La metamorfosis de la grasa’ (Península), una historia de la obesidad que pone en su justo lugar cada hito reseñable en el camino que ha seguido nuestra sociedad desde la idea de una ‘gordura saludable’ e incluso ‘deseable’, hasta su total demonización y la entronización de la delgadez como objetivo en la vida.

Kate Moss en una de las campañas de Calvin Klein de los 90.CALVIN KLEIN

El culto a la delgadez actual, explica Georges Vigarello, tiene su origen en los años 20 del siglo XX. En esa década, explica, se produjo un hecho absolutamente decisivo: “La transformación de la condición de la mujer dio lugar a una nueva delgadez donde la redondez de los senos y las curvas quedaban aún más relegados, y, asimismo, un nuevo imaginario técnico anunciaba mayor soltura y nervio, subrayando el valor de la agilidad y la esbeltez, mientras los intentos de control y afirmación del yo se generalizaban”.

Ricos delgados, pobres gordos

De manera simultánea, cambió “la conciencia social de la gordura”, explica Vigarello, uno de los mayores especialistas mundiales en la historia de la belleza y el cuerpo. “Los ‘pobres’, a los que una antigua tradición representaba como seres famélicos adquiren súbitamente un volumen físico que no tenían”. El abdomen ancho, dice Vigarello, se “democratiza” porque empiezan a generalizar el consumo y la sobrealimentación.

En el cruce de todos estos acontecimientos emerge una creencia: la de que “definitivamente, la condición privilegiada es la esbeltez”. Una de las primeras consecuencias de esta nueva medida del estatus social es la proliferación de artículos en las revistas sobre cómo adelgazar (nos escandalizamos de la cantidad de información sobre el tema, fiable o no, que circula en internet, pero en los años 20 y 30, en términos proporcionales, era la misma o más).

La silueta que triunfó en los años 20 era recta, deportiva y esbelta.GETTY IMAGES

Con las dietas de adelgazamiento se produce el auge de la psicología: relatos sobre el sufrimiento, testimonios en primera persona y, muy importante, el estigma: “El obeso ya no es simplemente un gordo. Es además, alguien incapaz de cambiar”, “una amenaza, tanto estética como vital”, escribe Vigarello. En el otro extremo, los que logran adelgazar serán los adaptados, los que controlan su propio cuerpo. Vamos: los triunfadores.

“Estoy muy gorda” es una frase que casi todas hemos dicho alguna vez en la vida, fuera cierto o no. Pero, ay, amiga, no la inventamos nosotras, sino que floreció en aquellos años 20 encarnada, explica Vigarello, “en una letanía machacona” a la que se sumaron las restricciones alimenticias y los cafés con sulfato de magnesio “para estimular la combustión”. Y ya en aquella lejana época el adelgazamiento se convirtió en lo que a menudo es hoy: “un combate sin fin”.

Eso es lo que hemos mamado desde hace un siglo, sobre todo las mujeres, y desde bien pequeñitas. Solo que en tiempos actuales ha entrado en la ecuación un nuevo factor: el individualismo como marco y actitud vital. El cuerpo es ahora, dice Vigarello, “el centro de la identidad”. El aspecto, la silueta y el porte señalan cada vez menos el origen social y en cambio son, “cada vez más, signos de la personalidad y la singularidad. El individuo ‘es’ su aspecto”.

Los delgados ‘controlan’

Desde esta perspectiva, el que logra adelgazar se “realiza” personalmente. Porque tiene control de su cuerpo, lo que significa que tiene el control de su vida. Estar delgado se convierte más aún en sinónimo de éxito. Eso sí, exige muchísimo tiempo y atención. Lourdes Ventura, en ‘La tiranía de la belleza’ (Plaza & Janés) se refería a las dietas por boca de Naomi Wolf, que en los 90 consideraba que estas eran “el más potente de los sedantes políticos de la historia de las mujeres”. ¿Por qué? Porque si tu principal problema es el peso, que además mina tu autoestima y tu sentimiento de autocontrol, no puedes pensar en otra cosa que no sea cómo perderlo. O eso dicen los datos.

Esta vez tiro de la ayuda del departamento de SEO de Yo Dona, que me proporciona la lista de los conceptos más buscados ahora mismo en Google en España. ¿Adivinas cuáles son? Inositol adelgazar, alcaplus, sopa de cebolla para adelgazar, dieta japonesa para adelgazar y café y limón para adelgazar. El mundo se desmorona, el cambio climático nos fustiga, la inflación hace preligrar nuestro nivel de vida, pero lo que queremos es, ante todo, adelgazar. Entre búsqueda y búsqueda, criticaremos a quienes lo han conseguido, para quedarnos más tranquilos con nosotros mismos, como ahora veremos.

Señoras y señores, con ustedes, el ‘body shaming’

Para más inri, se inventan las redes sociales y el cuerpo se hace más público que nunca. ¡Barra libre para opinar! Y aunque la delgadez sigue siendo el objetivo, la ‘perfección’ se hace más y más inaprensible. Si estás gorda, mal. Pero si estás delgada… ¡también mal! El cuerpo (femenino) nunca parece estar en su punto ideal exacto (esto me recuerda otra vez a mi querida madre, que lo mismo te dice que has ganado peso como te suelta un “hija, qué delgada estás”, con ella nunca se sabe). Y como el cuerpo se muestra, se ‘exhibe’, también se expone a la crítica (o al menos eso es lo que opinan los ‘haters’).

Un ejemplo digno de mención a este respecto es el de las modelos e instagrammers. Aunque ahora le ha llegado el turno a Kim Kardashian, que para una parte de sus fans está demasiado delgada (y así se lo ‘hacen saber’ en su cuenta de Instagram); por el trance han pasado, entre muchas otras, las hermanas Hadid, probablemente hoy las modelos más famosas del mundo.

En 2016 empezaron a proliferar titulares del tipo ‘¿Está demasiado delgada Gigi Hadid?’, a consecuencia de una oleada de críticas de los seguidores de su cuenta de Instagram. Cómo sería la cosa que la modelo se sintió obligada a responderlas. Y no lo hizo precisamente de una forma escueta: “Se le llama crecer. Los cuerpos cambian cuando las niñas se convierten en mujeres, igual que el cuerpo de mi madre cambió a esta edad. Que mi cuerpo haya sido juzgado durante los cuatro años que ha abarcado mi salto a la madurez me ha enseñado la tendencia humana de etiquetar a los demás y emitir juicios maleducados. Por cierto, me encantaba mi cuerpo atlético de los 17 y me encanta también el de ahora. […] Tu comentario no me ha hundido, pero la próxima vez intenta pensar un poco en las chicas jóvenes que leerán esa clase de comentarios cargados de juicios y se juzgarán a sí mismas mientras vayan creciendo y sus cuerpos cambien de forma natural”.

En 2018 le tocó a su hermana, Bella Hadid, pasar por lo mismo, cuando empezaron a proliferar las críticas de usuarios que la atacaban por su peso (escaso). Fue mucho más comedida que su hermana en la respuesta: “Todos los tipos de cuerpo son diferentes y reaccionan de manera diferente a una increíble rutina de ejercicios y a una dieta sana”.

Lo políticamente correcto y la delgadez

¿Te imaginas un titular como este: ‘Preocupa la gordura de la Reina Letizia’? ¿A que no? Sin embargo ‘Preocupa la delgadez de la Reina Letizia’ se ha escrito infinidad de veces, sin que nadie proteste. Porque, y aquí está otra de las claves que marcan el discurso de nuestro tiempo en torno al peso y los volúmenes del cuerpo, los delgados no tienen ‘derecho’ a quejarse.

Como los ricos, los delgados también lloran, pero, subyace en toda esta historia, ya que tienen la ‘fortuna’ de ser delgados (y por tanto exitosos) que aguanten, con la Reina Letizia a la cabeza (45.800 resultados en Google para la búsqueda Letiza+demasiado+delgada), las críticas sobre su ‘defecto’ de peso. Desde esta óptima, y con toda naturalidad, alguien titula: ‘¿Está demasiado delgada la nueva novia de Fernando Alonso?’, y desde el mismo paradigma se ve obligada a salir a la palestra una de las mujeres más poderosas del planeta, Rihanna, para explicar, hace unos años, que “ahora tengo una talla 34 y no estoy orgullosa de ello”.

Le faltó pedir disculpas a quienes se sintieron ‘preocupados’ (?) u ofendidos por el agravio. A millones les gustaría tener esa 34 o su equivalente masculino pero, ay, si yo no la puedo tener, tú tampoco. A eso antes se le llamaba envidia. Ahora, a saber.

En cualquier caso, si es tu caso, te recomiendo el vídeo de Bustamante donde nos anima a dejar de decirle a la gente si está gorda o está flaca. “Cada uno tiene sus historias, sus problemas….Cada uno tiene espejos en casa. Cuando llega el momento de cada uno, si decide tomar una decisión y cambiar y buscar su mejor versión, sea cual sea, hay que respetarla. Porque tendemos a hacer daño de forma gratuita”. Eres grande, Bustamante.

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