Joe Manganiello, el actor de los mil abdominales: “¿Cosificado yo? Claro. Por supuesto. Sí. Es el trabajo”

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Durante una clase de interpretación en la universidad, el profesor le pidió a Joe Manganiello (Pittsburgh, Pensilvania, 45 años) que se sentase en medio de un círculo para que sus compañeros le gritasen sus primeras impresiones. Entre ellas estuvieron: “Va en moto”, “Bebe cerveza”, “Se pelea en bares”, “Restaura coches antiguos” o “Llevó a tres chicas al baile de promoción”. En realidad, Manganiello no bebe (lleva 19 años sobrio) y tampoco asistió a su baile de promoción. Prefirió irse al cine a ver una reposición de Blade Runner. Ahora, gracias a la serie Moonhaven, por fin cumple su sueño infantil de protagonizar un relato de ciencia ficción. Porque Joe Manganiello es, por encima de todo, un friki.

“Las novelas de ciencia ficción que leía de pequeño tenían un aire premonitorio. Moonhaven aborda el tema de la superpoblación, los humanos han llegado al punto en el que tienen que colonizar la Luna porque la situación en la Tierra se ha vuelto insostenible”, explica sobre la serie, que se estrena este jueves en AMC+ (un servicio de streaming que está disponible en Orange TV, Vodafone TV, Jazztel TV y como canal en Amazon Prime Video). Moonhaven retrata una utopía en la que un grupo de colonos se instala en la Luna para desarrollar la tecnología y encontrar los recursos necesarios para la supervivencia de la especie, pero un asesinato por parte de extremistas terrícolas altera la armonía y la prosperidad de la colonia. Manganiello interpreta a un guardaespaldas con una misión siniestra que él asegura haber interpretado como “Dick Cheney después de tomar ácido”. Para el actor, Moonhaven supone la oportunidad de dar rienda suelta a su imaginación infantil.

No era fácil ser un niño flacucho en Mt. Lebanon (Pensilvania), que Manganiello compara con la serie Sensación de vivir: “Era el 90210 de Pittsburgh”. Su primera adicción, según él mismo explica, fueron las novelas de autores de ciencia-ficción como Bradbury, Clarke o Hamilton. La segunda, los juegos de rol. “Me encantaba ver las caras de asombro de mis amigos mientras yo les contaba las historias y los introducía en aquellos mundos que yo había creado”, recuerda.

A los 13 años se apuntó al gimnasio y su vida social se bifurcó. Se sentía cómodo entre los chavales aficionados a la fantasía y formaba parte del club de cine (“éramos tres niños asiáticos y yo”, recuerda), pero también pasaba los viernes bebiendo cerveza con el equipo de fútbol y las animadoras. Fue capitán de los equipos de fútbol, voleibol y baloncesto. “A veces mis propios compañeros de fútbol se metían con mis amigos porque eran más débiles. Yo daba la cara por ellos. Les decía que los dejasen en paz o íbamos a tener que pelear. Me lo pasaba bien con los frikis, pero también me lo pasaba bien con los atletas. Me gustaba su mentalidad competitiva”, reconoce.

Un joven Joe Manganiello fotografiado en un evento de moda en 2002.Donato Sardella (WireImage)

Esta capacidad de adaptación se complicó cuando, al llegar a la universidad, Manganiello se empezó a sentir el bicho raro en todos los ámbitos de su vida. Entonces pensó que el alcohol podría ayudarlo a aplacar esas inseguridades. “No sabía qué hacer, no sentía que pertenecía a ningún grupo”, confiesa. “Todos esos grupos de gente de los que te he hablado antes… empecé a sentir que yo era diferente, más sensible, siento las cosas más profundamente. Me sentía solo. Y el alcohol me daba la oportunidad de beber hasta bloquear esa parte de mí y simplemente ser como todos los demás. Me ayudaba encajar en una categoría y, tristemente, a esa edad es muy importante encajar en una categoría. Bebía para encajar. Y además me ayudaba a apagar el cerebro. Cuando descubrí la bebida pensé: ‘Guau, voy a hacer esto todo el día, esta es la medicina perfecta para todas las cosas dentro de mí que están centrifugando, para calmar la tormenta que hay en mi interior”.

La interpretación era su otro mecanismo para dejar de ser él mismo. “Me permitía ponerme una máscara y ser otra persona. Luego me bajaba del escenario, me iba al bar y seguía no siendo yo mismo”, explica. Tres días después de aterrizar en Los Ángeles, en 2001, consiguió su primer papel: Flash Thompson, la némesis en el instituto de Peter Parker en Spider-Man. O eso se ha contado siempre. En realidad, Manganiello pasó cuatro meses sufriendo la incertidumbre. “Me confirmaron que me habían dado el papel, pero dos semanas después el jefe del estudio decidió hacer más castings por su cuenta sin decírmelo a mí o a mi representante. Imagínate lo descorazonador que fue descubrir que el papel en realidad no era mío y que al jefe del estudio no le gustaba. Que no me quería en su película. En la maquinaria de Hollywood no puedes hacerte ilusiones”, lamenta.

Al final sí hizo Spider-Man, pero el alcoholismo se interpuso en el despegue de su carrera. Se encontró “sin casa, sin coche y sin trabajo”, según contó al Huffington Post. “Ahora de mayor entiendo que yo era alguien especial, solo que tardé un poco en desarrollarlo”, afirma. Su filmografía tiene un hueco de cuatro años, durante los cuales Manganiello trabajó como disc jockey, guardaespaldas de un grupo de rock y operario de una máquina de demolición. También revendía cartones de tabaco. Esto último le provocó tantos remordimientos que donó su coche a la Asociación Americana contra el Cáncer.

En su regreso a Hollywood en 2006, el actor había “cambiado en todos los sentidos posibles”. Su nuevo camino empezó con la meditación. “Tuve que desmontar todo el coche, limpiar cada pieza y volver a montarlo todo. Es muy difícil encontrar una persona que comparta todos mis intereses. Lo encontré una vez, con un compañero de la escuela, pero perdí el contacto cuando se unió a la Marina. Mis amigos son muy eclécticos. Si me vieras con ellos te parecería una persona distinta con cada uno de ellos. A mí me encanta eso, pero creo que en Hollywood lo odian”, asegura entre risas.

Joe Manganiello y Sofía Vergara en la fiesta de la revista ‘Vanity Fair’ tras la gala de los Oscar, en 2020. Rich Fury/VF20 (Getty Images for Vanity Fair)

La industria lo encasilló en papeles de macizo descerebrado como el de la telecomedia Cómo conocí a vuestra madre, donde interpretaba al amigo juerguista de Marshall. “Me interesaba escribir, dirigir y producir, pero la opción más inteligente para salir adelante económicamente era centrarme en la interpretación”, señala. Su altura era a veces un handicap: al medir 1,96 perdía muchos papeles porque la estrella protagonista no quería compartir pantalla con alguien mucho más alto que él. Pero Alexander Skarsgard, el villano de la serie de HBO True Blood, medía 1,94 y necesitaba un rival a su altura. En 2010 Manganiello entró en True Blood para un arco de seis episodios y su personaje, el hombre-lobo Alcide, causó tal sensación entre la audiencia (entonces las redes sociales empezaban a influir a tiempo real en el devenir de las series) que se acabó quedando cinco temporadas.

“No tenía garantías laborales porque no formaba parte del reparto principal y, al ser un actor invitado, me pagaban en el rango más bajo. Pero cuando HBO me ofreció un contrato de varias temporadas yo ya había salido en la portada de Entertainment Weekly y había posado para GQ en Europa. Digamos que era un buen momento para negociar ese contrato”, recuerda. Durante el rodaje de True Blood, Manganiello tenía que ir al gimnasio dos veces al día (asegura que si no entrena se desinfla y vuelve a estar escuchimizado) porque Alcide se pasaba casi toda la serie sin camiseta. De hecho, la primera escena que Manganiello grabó consistía en un desnudo integral que dejó huella en el autocar escolar que pasaba por delante del rodaje justo en ese momento.

La popularidad de Manganiello, que mientras seguía en True Blood participó en la comedia sobre estrípers masculinos Magic Mike y en su secuela, coincidió con el fenómeno literario Cincuenta sombras de Grey y con la demolición del tabú cultural en torno al deseo sexual femenino. En unos premios de MTV, la cómica Chelsea Handler dijo que no quería volver a casa montada en un coche sino “en la cara de Joe Manganiello”. En Twitter, las actrices Octavia Spencer, Yvette Nicole Brown y Retta se enzarzaron en una discusión cómica para decidir cuál de ellas se acostaría primero con el actor.

“¿Cosificado?”, pregunta tras una larga pausa. “Seamos realistas. Si estás en una serie muy sexual como True Blood claro que va a ocurrir. Es HBO. Creo que HBO consigue más cosas de sus actores gracias a la reputación que tiene. Y lo mismo con Magic Mike. ¿Qué vas a hacer, ponerte a llorar? No. Estás en una película sobre estrípers masculinos. Trabajas con Soderbergh, McConaughey, Channing y todos esos tíos en una comedia divertidísima. ¿Qué vas a hacer? ¿Negarte a quedarte en tanga? Ese es el papel. Sé que da miedo, pero vete al gimnasio y apáñatelas. Es que no sé qué decirte. ¿Cosificado? Claro. Claro. Por supuesto. Sí. Es el trabajo”. O como él mismo explicó en Elle en 2013, “hice Ibsen y Chejov durante años, obviamente no logré el reconocimiento que tengo ahora, tienes que cabalgar el caballo en la dirección que vaya”.

Manganiello trató de utilizar su popularidad para diversificar su carrera. Interpretó a una parodia de sí mismo en Pee-Wee’s Big Holiday (2016), probó con el cine de acción en Sabotage (2014) y hasta apareció en una película de Terrence Malick, Knight of Cups (2015). Publicó un libro sobre fitness, Evolution, cuyo prólogo estaba escrito por su amigo y mentor Arnold Schwarzenegger. Y en medio de esta reinvención conoció al amor de su vida, la actriz colombiana Sofía Vergara. Manganiello viajó a Nueva Orleans, donde ella estaba rodando, para invitarla a salir. Le enseñó el ejemplar de la revista People que lo sacaba en portada nombrándole “el soltero más sexy de Hollywood” y presumió, en castellano: “Número uno”. Ella reaccionó ojeando el resto de la revista: “Voy a mirar cuáles son los demás”. Se casaron seis meses después.

Manganiello y Vergara forman una de las parejas favoritas de la prensa de cotilleos. Son noticia por sus gestos románticos (él le escribió una carta de 40 páginas por su primer aniversario), su campechanía (esperaron en la cola como cualquier turista para entrar en el Vaticano) y las fotos de Instagram con su chihuahua Bubbles, a la que Manganiello lleva a todas partes: rodajes, conciertos, gimnasios. Incluso la metió en un cine IMAX para ver Dune.

El gran proyecto pendiente de Joe Manganiello es adaptar el juego de rol Dragones y mazmorras. Hoy sigue organizando partidas en su casa y la lista de invitados incluye figuras de Hollywood como James Gunn (director de Guardianes de la galaxia y Escuadrón suicida) o Dan Weiss y David Benioff (creadores de Juego de tronos). Pero la mayor espina de su carrera es no haber hecho una película de cómics: “Siempre he pensado que hay un gran superhéroe o supervillano para mí, pero no se ha materializado por un motivo u otro”, ha confesado. En 2011 hizo pruebas para interpretar a Superman en El hombre de acero, pero el rodaje era incompatible con True Blood y todavía lamenta no haber llegado a probarse el traje siquiera. “Mientras se repartían todos los papeles de superhéroes”, ha explicado en referencia al Universo Cinematográfico de Marvel, “yo tenía un contrato con una serie de televisión”.

Zack Snyder, el director de El hombre de acero e ideólogo inicial del Universo Cinematográfico DC, le dio su oportunidad por fin en La liga de la justicia. Manganiello apareció en una escena poscréditos que sugería que cuando Ben Affleck protagonizase su película en solitario de Batman, él sería el villano. “Interpretar al villano de Batman Deathstroke podría transformar la carrera de Joe Manganiello”, titulaba The Washington Post.

Sin embargo, los continuos cambios en la directiva de Warner acabaron enviando el proyecto al limbo. “¿Qué quieres que te diga?”, dice ahora a ICON con resignación. “No es mi propiedad. No soy el dueño. Cancelaron Batman, cancelaron Deathstroke, cancelaron todos los Escuadrón suicida de los que yo iba a formar parte. ¿Qué le voy a hacer? Es lo que hay. ¿Cuántas veces pueden decir que no a mi película? Hay que dejarlo ir. Es una de esas situaciones como la que te contaba antes de Spider-Man: consigues el papel de tus sueños, empiezas a trabajar en él y de repente: ‘Hey, tío, no va a ocurrir’. Nadie está interesado. O quizá lo estén, pero no conmigo. Ha habido dos ocasiones en las que buscaron a otro actor para ese papel, ¿sabes? Me lo quitaron y se lo dieron a otro. ¿Qué vas a hacer? Te pones el cinturón de seguridad y esperas que no se te rompan todos los huesos de tu cuerpo cuando esto se estrelle”.

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