Elena Anaya: “Yo no me he operado de nada, me flipa envejecer”

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  • Madrid

Actualizado Jueves, 8 septiembre 2022 – 01:32

FOTOGRAFÍAS: BERNARDO DIAZ

Elena Anaya. Palencia, 1975. Es una de las grandes actrices españolas y ha logrado, aunque se haga la despistada, mantener la intimidad y el misterio pese a su fama. Ahora estrena Jaula, una de miedo que es más que una de miedo.

¿Cómo lleva una actriz miedosa actuar en una peli de terror?
Miedosa no, muy miedosa. He visto muy pocas películas de terror en mi vida. No puedo ver ni los créditos, es que no puedo. Es algo superior a mí, pero cuando leí este guión vi que había algo más, una mirada muy peculiar. Para mí, Jaula es un thriller psicológico de autor que habla de una temática que no es el miedo, sino lo terrorífico que puede llegar a ser el ser humano. Y el análisis que hacía es interesante, es una película de terror que te lleva a un lugar, no al miedo por el miedo para dejarte asustada perdida en casa. Sin hacer spoiler, es una película que va hacia la luz y el aire que respira me interesa por encima del género y de lo que cuenta.
Muy bonito esto, pero has pasado miedo.
Mucho, mucho. Soy una cobardica increíble (risas).
La peli gira alrededor de la infancia y sus traumas. ¿Arrastras alguno?
No, yo me lo he pasado muy bien, fui una niña muy feliz, con una madre y un padre que me educaron con una fantasía maravillosa para entender el mundo y para sobrevivir, a veces, en situaciones que cuando eres niña son complicadas. Por ejemplo, a nadie le gusta que le pongan un parche en el ojo y yo lo llevaba, pero lo decorábamos, me contaban que me daba poderes, me montaba mis historias… Mi madre me hizo creer en la magia.
¿Aún crees?
Creo que la imaginación y la fantasía son la fórmula con la que, a veces, puedes hacer que un niño entienda el mundo y sus dificultades de manera más agradable y más divertida. En ese sentido a mí me lo dieron todo, me lo pusieron en bandeja y eso me ha ayudado mucho a ser profundamente feliz cuando era una niña, tanto en el día a día como cuando pasaban cosas que no eran agradables. Y luego, ya como adulta y como actriz, tienes que darle mucho valor a situaciones y recrear momentos importantes en los que hay que saltar de la realidad a la ficción sin que nadie se dé cuenta, pero emocionando y transmitiendo al público algo real. Algo de magia es.
¿Estaba abocada esa niña hiperimaginativa a acabar siendo actriz?
No sé si en otro sitio, pero yo vivía en Palencia… No conocía absolutamente a nadie que se dedicase a la actuación, no había grupos de teatro, no había nada que me pudiera empujar hacia esto.
“La actriz palentina Elena Anaya” es casi tu nombre oficial.
Totalmente, es como si fuese de Neptuno, como si en Palencia sólo pudiera haber románico. El caso es que yo leía y releía el listado de carreras que te dan en el gabinete de orientación de los institutos y me preguntaba: “¿Qué quieres ser?”. Periodista, educadora social, agente de viajes, médico, INEF, yo qué sé, pasé por mil ideas… Y entonces tuve una conversación con una amiga que me dijo: “Elena, tú quieres actuar”. Y yo: “Sí, pero eso aquí no sale”. “‘¡Y a ti qué más te da que ahí no salga!”. Y tenía razón y me vine a Madrid con lo justo y sin un contacto ni un plan, pero con un empuje de mi familia que me puso un trampolín que saltaba más que ninguna. Eso me ayudó mucho.

Tus dos primeros papeles, con 20 años, son principales y de éxito, ‘África’ y ‘Familia’. De golpe, te conviertes en icono generacional.
Es curioso porque, aunque sé que ha podido suceder, yo nunca me he sentido así, ni un icono generacional, ni una estrella, ni nada de eso. Me siento muy agradecida a la vida por haberme permitido dedicarme a lo que más me gusta, que es algo súper importante. Cuando ves gente a la que no le gusta su trabajo, se les nota tanto y pasar tantas horas cada día dedicándote a algo que no te gusta… Bufff. A veces no te queda más remedio, por supuesto, por eso yo me siento tan afortunada de que hayan pasado ya 28 años pudiendo ejercer este oficio. He visto a tantos compañeros con mucho talento desaparecer y otros muchos que siguen ahí esperando a que les llamen y nada. Este es un oficio muy injusto y yo he tenido la inmensa suerte de que conmigo no lo ha sido. Así que nunca, ni siquiera con 21 años que eres más ingenua, me he sentido un icono. De hecho, a veces me pasa todo lo contrario, que se me olvida que la gente puede conocerme, voy por la calle y digo: “Ay, madre mía, ¿dónde vas, tía?”. El otro día salí a la calle medio en pijama, porque mi hijo quería, y cuando volví a casa y me vi en el espejo… Ostras, no puedes salir a la calle así (risas). Tengo que pensar un poco más las cosas que hago a veces.
Dices que la profesión te ha tratado bien y es cierto: siempre has tenido trabajo en una profesión donde hasta los más consagrados viven con miedo a que les dejen de llamar.
Y aun así, yo también he tenido ese miedo. El temor a desaparecer siempre existe. Yo lo tengo, literalmente, desde el principio porque nada más llegar a Madrid, entro en la RESAD y me dan un prota, África, en la película de Alfonso Ungría. Y lo siguiente que pasó es que mi segunda película la rechacé.
¿Por qué?
Pues porque tuve un desencuentro con el director que me hizo sentir muy incómoda. Me pidió algo que me espantó, que me quitase ropa sin venir a cuento, cogí y me piré. No estaba ni en Madrid, pero ya llegaría. Y en ese instante pensé que nunca jamás volvería a trabajar, que ahí se acababa todo. Pero tenía claro que eso que me pedía no lo podía hacer.
¿Has tenido muchas experiencias de ese tipo?
Sí, me han pasado muchas cosas. Mira, este trabajo, desde mi experiencia, por lo que yo he vivido, visto y sentido, es un trabajo de muchísima soledad donde el nivel de exposición y de vulnerabilidad al que nos enfrentamos es tan grande que, a veces, acabas en lugares de los que tienes que huir, plantarte o poner tú las condiciones: “Esto lo vamos a hacer, pero no lo vamos a hacer así porque no me siento cómoda”. Y no hablo sólo de secuencias de desnudos o de sexo, puede ser una secuencia difícil a nivel emocional que tocase algo que me afectaba profundamente y he tenido que ser valiente y decir: “Se me va el aire, pero tengo que respirar, volver y hacerlo”. Eso sí, en cuanto termino necesito tomarme un sándwich mixto con una caña y hablar del partido de ayer del Cádiz. Cualquier cosa que me haga volver a mí y quitarme este dolor tan grande por esta historia que estoy contando. En realidad, estas situaciones me han creado más problemas que las otras. Me he encontrado con momentos dificilísimos y de muchísima soledad. Por suerte, trabajo con un equipo y tengo a la misma representante desde hace 28 años que siempre me han respaldado cuando, como aquella vez, he dicho basta.
Al final no te pasó factura.
No, yo tuve suerte, pero no siempre es así. El caso es que el miedo de que no me van a volver a llamar nunca ha desaparecido. Yo hago cada trabajo como si fuese el último. Y cuantos más años tienes, más lo piensas porque eres más consciente de las cosas. La experiencia, la vida y la vejez te dan poso, te dan saber y vas viendo cuánta gente se ha quedado atrás, cuántos actores y actrices con un talento brutal nunca más han vuelto a trabajar. Eso existe y existe cada vez más. Yo intento que no se convierta en un miedo que me impida respirar o me paralice a la hora de hacer un trabajo. Me sigo formando, sigo preparándome muchísimo, sigo tomándome este oficio muy en serio porque supone una gran responsabilidad: no solamente tengo que hacerlo bien porque me están pagando, hay un público al que respeto profundamente y quiero darlo todo, que no pierdan el tiempo viéndome o no se enfaden conmigo por ver algo que no les interesa nada. Estar aquí es una responsabilidad y un privilegio, tienes que hacerlo muy bien, ser muy generosa y darlo todo. Entregarte, lanzarte de cabeza y hacer todas las piruetas que te toque hacer.
Almodóvar, Woody Allen, Hollywood… Tengo la sensación de que has rehuido la popularidad y la purpurina que suele acarrear una carrera del calibre de la tuya.
Pero, ¿qué es la popularidad?, ¿qué es lo que yo he rehuido? Es que eso depende del rumbo que tú le pongas a tu vida, ¿no?
No lo sé. Te pregunto a ti (risas)
(Risas) Es que yo tampoco lo sé. Te contesto haciendo una pregunta abierta. Yo creo que, ¿a qué le das valor? Yo le doy valor a currármelo a muerte, llegar al rodaje y darlo todo. Hay días que me voy muy contenta a casa y otros, que me tiro por los suelos porque no he conseguido hacerlo como yo quería y sabía que podía porque lo había logrado en los ensayos. Así es esto, no tengo un PowerPoint que le dé y salga todo. A veces sale y a veces, no. Y eso es lo que me importa de ser actriz. El resto me ha interesado muy poco y, a la vez, me ha dado mucho miedo. Me da miedo el nivel de exhibición, la crítica, ahora las redes sociales… No me interesa. No quiero nada de eso en mi vida.
No tienes redes sociales, de hecho.
No tengo ni una, nunca he tenido nada. Ni cuando éramos más jóvenes y empezó Facebook. Cero. Eso sí, a cambio no me entero nunca de nada: cuándo es el cumpleaños de alguien, qué le ha pasado al otro, dónde se han ido de vacaciones mis amigas… Me entero de las cosas como nos hemos enterado toda la vida: cuando me las cuentan. Joder, vivimos así 25 años y vivíamos muy bien, así que yo me mantengo ahí. Además estoy segura de que la liaría parda si tuviese redes sociales porque no es un medio en el que yo me sepa defender o expresar. Me enfadaría, diría cualquier burrada y la liaría, estoy segura. No me interesan, tampoco me interesa ver lo que hacen los demás a través de esos… Estábamos hablando de la fama y me he ido, ¿no? (risas).
Un poco.
Pues mira, a mí lo de la fama y demás me parece un globo muy hinchado. Me lo he pasado increíble rodando Wonder Woman y peleándome con Gal Gadot, pero igual de bien que me lo paso en una cena con unos amigos charlando de cualquier cosa que no tenga que ver con la actuación ni el mundo del cine. Lo prefiero de hecho.
Has llegado a esa edad en la que la industria empieza a mirar distinto a las actrices.
He llegado ya hace mucho rato (risas). A mí es que me parece tan bonito cumplir años, da una visión de la vida mucho más interesante. Yo me siento súper feliz de haber cumplido 47 años. De hecho, llevaba ya un año diciendo que tenía 47 porque soy así de despistada. Me parece que la vida, la experiencia, cada momento vivido, suman y aportan. Y la cara y el cuerpo envejecen y es algo maravilloso. Yo no me he operado de nada, no me he hecho nada de nada. No critico a quien lo haga, pero a mí me parece bellísimo envejecer, me flipa. Me encantaría cumplir otros 26, 27, 28, 29 o 30 años de oficio y convertirme en una revieja totalmente arrugada.
Pero no es una profesión amable con el envejecimiento, especialmente en las mujeres.
No, no lo es. ¿Me preocupa? Sí, porque cuando empecé a envejecer llegaba a rodar y escuchaba: “Hay que poner un filtro a Elena porque viene con la cara tal”. O sea, con la cara de mi edad. Pues esto es lo que hay. Si te interesa, bien y, si no, pues sácame de espaldas. Sólo te puedo decir que estreno una peli como Jaula de la que me siento súper orgullosa, que habla de una tía que tiene mi edad y que me gusta tenerla porque el personaje es mucho más interesante con mis años que con 30. Y tengo otra película pendiente de estreno, Fatum, y una serie de prota que es una comedia producida por El Deseo. Normalmente, cuando estreno una peli suelo tener siempre otra u otras dos pendientes de estreno y parece que eso no ha cambiado con la edad.
Se confirma que el miedo a que no te llamen no se sostiene.
Bueno, también he hecho mis pausas y he parado algún tiempo, pero es verdad que han sido voluntarias y sabiendo que iba a volver. Me gusta mucho mi oficio, me aporta mucho, y, además, necesito trabajar. No soy rica. Ojalá otros actores vivan increíble y no les haga falta trabajar, pero los que yo conozco, que son los más grandes, trabajan como locos porque les encanta su oficio, lo dan todo y no paran. Cuando yo he parado ha sido muy bonito porque me lo he podido permitir y me han esperado. Estaba embarazada y no quería volver a trabajar cuando el bebé tuviera dos meses, quería poder dedicarle tiempo de calidad y no trabajar 16 horas diarias. Pero, por ejemplo, la serie de El Deseo me esperó un año. Eso es una suerte, un regalo, un privilegio.
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