El síndrome de la impostora también es cosa de hombres…

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El sentimiento de que somos insuficientes en nuestro trabajo, la creencia de que no merecemos el éxito y el miedo a que los demás descubran que somos un fraude acompaña, desgraciadamente, a muchas mujeres en su vida laboral. Se habla aquí del síndrome de la impostora, un fenómeno cuyo origen se remonta a 1978. En aquel momento, las psicólogas Pauline Rose Clance y Suzanne Imes comenzaron a investigar por qué un amplio número de mujeres, las cuales se encontraban en puestos de alto rendimiento, no eran capaces de reconocer su autenticidad, de ser dueñas de un éxito objetivo. Pese a su valía y, ¿por qué desmerecían su desempeño, estatus y reputación?

Casi nadie se libra del síndrome de la impostora

A partir de entonces, el síndrome de la impostora fue adquiriendo un mayor protagonismo en la investigación sobre las organizaciones y con ello, en la cultura popular. Personas que nos resultan innegablemente exitosas, como la ex primera dama Michaelle Obama o Sheryl Sandberg, actual directora operativa de Facebook, han manifestado sentirse impostoras. También actrices como Nathalie Portman han tenido que sobreponerse a este sentimiento. Un atisbo de ello lo encontramos en el discurso que realizó durante la ceremonia de graduación de la Universidad de Harvard, en el año 2015: “Sentí que había habido algún error… que no era lo suficientemente inteligente para estar en esta empresa, y que cada vez que abriera la boca tendría que demostrar que no era solo una actriz tonta”. Portman, por si alguien todavía no lo sabía, cursó Psicología en Harvard e incluso llegó a publicar un par de estudios científicos.

El fenómeno resulta extraño y desconcertante. Por un lado, engloba la creencia no ser suficientemente buena en el trabajo y la idea irracional de que no nos merecemos reconocimiento social por nuestros logros. Esto, lejos de quedarse en nuestra cabeza, acaba por manifestarse en actitudes muy tóxicas hacia uno mismo. Como advierten algunos estudios, el perfeccionismo inadaptado, la baja autoeficacia y el diálogo interno negativo no solo acaban por sabotear la estabilidad emocional de la persona, también limitando su progreso. El hecho de que los impostores tengan una relación compleja y nada compasiva con sus logros puede conducir a una falta de planificación y a una toma de decisiones sesgada, lo cual repercute negativamente en su desempeño. Difícilmente una persona puede rendir (y sentir que rinde) cuando el agotamiento mental ha secuestrado su creatividad, buen hacer y confianza en uno mismo.

El síndrome de la impostora… es también el síndrome del impostor

Lidiar con ello no resulta fácil: semejante estado de preocupación impacta en la autoestima y en el bienestar psicológico, pudiendo provocar depresión y ansiedad. Pero, ¿constituye esto un malestar exclusivamente de las mujeres? Para nada. Según un estudio publicado en el ‘International Journal Of Behavioral Science’ en 2011, el 70% de las personas ha sufrido alguna vez el síndrome del impostor.

La percepción social de que el síndrome del impostor parece más frecuente en las mujeres, quizá podría estar relacionada con los estereotipos de género y la explosión del liderazgofemenino. El liderazgo requiere autoconocimiento, conciencia de una misma y por supuesto, capacidad para tomar decisiones y enfrentarse a nuevos retos. Es una vivencia en la que muchas personas se exigen mucho, a veces hasta la extenuación, y se olvidan de mirar con compasión sus vulnerabilidades. En el caso de las mujeres, el grado de exigencia tanto individual como social puede ser mayor. En un terreno que tradicionalmente han ocupado los hombres o en entornos altamente masculinos, muchas mujeres sienten que tienen que demostrar más capacidad de trabajo.

Caerse y fracasar también es empoderamiento

Hay otro aspecto que, en clave de género, merece también ser analizado. El refuerzo social que experimentan las mujeres a la hora de mostrar públicamente sus problemas y dificultades. El feminismo acoge a las mujeres, busca impulsarlas en sus momentos de fragilidad y las invita a celebrar sus logros sin caer en la falsa modestia. De un tiempo a esta parte, se ha convertido en una brújula que nos guía, que a través de sus consignas inspira la construcción de la mujer que queremos ser, con nuestros aciertos y errores. Caerse y fracasar se han convertido en aspectos que caben en el concepto de empoderamiento, pues suponen una visión realista y no complaciente de las mujeres. No ser perfectas no pueden ser excusa o motivo para humillarnos o restarnos competencias.

En cambio, en el caso de los varones, parece que resulta más probable el avistamiento de unicornios que el reconocimiento abierto de los miedos que sienten en sus carreras profesionales. Nosotras hemos aprendido el daño que acarrea la expectativa de ser una ‘superwoman’, pero ellos parecen todavía obsesionados con el cumplimiento de ciertos roles: procurar cierto grado de heroísmo en el terreno profesional y no permitirse ni evaluar ni expresar las inseguridades del síndrome del impostor.

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