El maleficio cumplido de 'Los versos satánicos' de Salman Rushdie

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Actualizado Viernes, 12 agosto 2022 – 21:25

La publicación de la novela provocó que el 14 de febrero de 1989 el ayatolá Jomeini dictase una fatua contra el escritor. Exigía su asesinato. Y la recompensa era de 3,3 millones de dólares. El autor angloindio pasó de ciudadano libre a fugitivo por el delirio del fundamentalismo islámico

Salman Rushdie y los 30 años de amenazas del islam fundamentalista/Vídeo: El Mundo

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Durante varios años, el escritor angloindio Salman Rushdie fue el hombre más amenazado del mundo. El ayatolá Jomeini, líder político-espiritual de la Revolución islámica de 1979, dictó en la radio pública de Irán una fatua contra Rushdie (una fatua: pronunciamiento legal en el Islam emitido por un especialista en ley religiosa sobre una cuestión específica) en la que apelaba al asesinato del escritor por uno de sus libros, Los versos satánicos, que consideró blasfemo contra los musulmanes. Era el 14 de febrero de 1989. El asesinato sería recompensado con 3,3 millones de dólares.

Desde entonces, pasó 13 años recluido. Cambiaba cada dos o tres días de domicilio, esquivó en lo posible el contacto con su familia (sus dos hijos y su segunda mujer, por entonces: Marianne Wiggins). Desapareció. Vivía rodeado de guardaespaldas, sometido a un complejo sistema de seguridad dirigido desde Scotland Yard. Aprendió a ser una sombra. A vivir demasiadas noches en hoteles de una noche. En pisos francos. En sótanos. Salman Rushdie (Bombay, 1947) pasó de escritor a fugitivo por obra y gracia del fundamentalismo islámico. Mientras él se diluía, Los versos satánicos, como todo libro prohibido, se convirtió en un éxito de ventas. A pesar de la fatua, en algunas radios piratas de países islámicos (también de Irán) se hacían lecturas en farsi de la pieza.

Rushdie tenía entonces nacionalidad británica. A los trece años, en enero de 1961, fue enviado por sus padres al Reino Unido, donde estudió en Rugby School, uno de los más prestigiosos internados británicos. Allí pasó dos años atormentado por sus compañeros: en su contra jugó origen indio y su torpeza deportiva. Pasó después al King’s College de la Universidad de Cambridge, donde obtuvo la maestría en historia en 1968, especializándose en temas islámicos. Y comenzó su aventura de escritor. En 1975 publicó Grimus. Después, Hijos de la medianoche (1981) y Vergüenza (1983). La cuarta novela fue Los versos satánicos. Su maleficio. Su infierno. Su delito.

La secuencia de delirios que desató esta obra es fastuosa: el 5 de octubre de 1988 se prohibió en su país de origen, India. Después en Egipto y en Sudáfrica… El 15 de enero de 1989, la cadena de librerías W.H. Smith retiró el libro de sus 430 librerías. Pakistán se sumó al rechazo después de que el 12 de febrero se desataran disturbios frente al Centro Cultural de Estados Unidos en Islamabad (Pakistán) con cinco muertos y sesenta heridos. El 7 de marzo, Inglaterra e Irán rompen relaciones diplomáticas. Y así, hasta el infierno. Todo así.

El gobierno de Margaret Thatcher protegió al escritor, que llegó a tener una melé alrededor de ocho guardaespaldas. Se movía en secreto por el mundo y cada uno de sus desplazamientos suponía un riesgo en el que había que activar a varias agencias estatales de seguridad. Rushdie no dejó de escribir, pero la vida se ahumó demasiado. Los versos satánicos es un violento libro contra lo que se venía. De algún modo anticipó lo que después se cumplió de mil maneras distintas, pero con un timbre común: el crimen impulsado por el desquicie fanático, por el exceso de celo, por el odio inoculado. Las intervenciones militares occidentales en algunos territorios musulmanes, y sin preservar a la población civil, también fueron un buen combustible para el delirio.

Las palabras de Rushdie se confirmaron, el éxito del libro no devoró la estricta verdad de lo que anunciaba. Treinta y tres años después de la orden de asesinato dictada por Jomeini, Rushdie vivía ya adaptado a una cierta normalidad. Lejos de la certeza del condenado y de la leyenda del furtivo. Había restaurado el puzzle de su odisea. Pero el celo islámico no perdona. Tres décadas ha tardado en suceder aquello de lo que al escritor prefería no hablar. Aunque sí escribir: dejó testimonio de aquel tiempo extremo en un libro que aspiraba a ser el cerrojo de un tiempo del revés: Joseph Anton (publicado en España por Mondadori).

En aquel tiempo anormal asumió un pseudónimo paranormal: Joseph Anton. Salía de combinar los nombres de Conrad y Chejov. Tras ese biombo escribió ensayos y cosas. Y con él firmó el libro de sus revelaciones. Lo que consideraba, casi como bálsamo, casi como último auxilio, el punto y final de su cautiverio. Un retrato sin disfraz con el que cierra el capítulo de la fatua. El desastre inducido de su existencia en una prisión cuyas rejas eran los renglones de un decreto islámico de muerte.

En una entrevista que mantuvimos con él en 2012 decía: “Es el retrato de una época de mi vida en que algo horrible me ocurrió. Aunque no es exactamente un autorretrato, sino un reflejo del mundo en que viví. Y no sólo en lo relacionado con el islam, sino con el mundo literario. Con mis cuatro mujeres. Con mis hijos… Es mi vida, tal cual. Y no vengo a buscar con ella polémica alguna… Durante 10 años yo no tuve nunca las llaves de mi casa. Ni tenía casa. Y no podía salir a pasear sin permiso”.

Después de una biografía alejada por demasiado tiempo de cualquier cuota de habitabilidad, viajando de noche, cambiando de identidad, disfrazándose y custodiado en todos los minutos de la vida (en todos), escogió Nueva York para revivir. La ciudad donde ahora un hombre le ha asestado una puñalada en el cuello. Nueva York era el sitio que le permitió volver a caminar sin mirar hacia los lados compulsivamente. Lo explicaba así en 2015: “En Nueva York comenzó todo de nuevo: sentía el apoyo incondicional de mis amigos. Allí tuve la suerte de conocer a una mujer de la que me enamoré y con la que tuve un hijo en ese tiempo. Me ofrece la posibilidad de escribir. La posibilidad de conocer EEUU, de poder estar sin escolta y tomar decisiones por mí mismo. Allí comencé a recuperar mi libertad. Al principio durante una semana o 10 días. Después durante dos o tres meses… Fueron momentos muy emocionantes. Me di cuenta de que podía volver a ser una persona fuera del gran aparato policial que siempre me acompañaba. La razón por la que he convertido Nueva York en mi hogar es porque allí recuperé mi libertad”.

En los dos encuentros que mantuvo en Madrid con este periódico, Rushdie no mostró nunca derrota, ni inquietud. Le devastaron la existencia, pero dejaba asomar una cierta autoparodia como eje. “Es que en ocasiones”, dijo “me parecía vivir una mala novela de Salman Rushdie. Experimentaba situaciones surrealistas. Muchos de los temas que he tratado en mi obra, como la emigración, el conflicto cultural y demás, se convirtieron en mi vida en vez de en asunto de mi obra, pero de una forma vulgar, perversa”.

De todas las libertades, la de nivel más cotidiano y eficaz es la que amputaron a Rushdie: exactamente aquella que había recobrado. Y que hasta este viernes le permitía llevar una existencia más o menos plena. La misión de la literatura de Rushdie, de un modo u otro, ha sido la búsqueda de una tradición de tolerancia y pluralismo. Difícil continuar la misión como hasta ahora. La puñalada en el cuello es un siniestro volver a empezar.

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